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Oncología más allá de la ciencia

Las claves del éxito en la investigación oncológica: perseverancia, valentía y determinación

Dr. Pedro Pablo Medina Vico

09/11/2017

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Creo que todos tenemos una curiosidad desde pequeños que nos lleva a descubrir cosas nuevas y a saber cómo funcionan los seres animados. Yo ahora estoy reviviendo esas sensaciones viendo como mi hijo de cuatro años descubre algo nuevo en su día a día, se le ilumina la cara, se pone nervioso y viene rápidamente a contármelo con palabras atropelladas. Es una sensación fantástica que a todos nos encanta y que se apaga y olvidamos cuando nos hacemos mayores pero que a veces yo revivo cuando en el laboratorio descubro algo nuevo.
 
Cuando era muy pequeño recuerdo que mi madre me regaló unos cromos de personajes históricos, y yo quedé maravillado por la historia de Alexander Fleming, el investigador que descubrió, entre otras cosas la penicilina, un antibiótico que ha salvado millones de vidas. Recuerdo, que hasta entonces, con 6 o 7 años, me debatía por ser biólogo porque me encantaban los animales o por ser médico porque podría salvar vidas. Pero después de leer la historia de Fleming en ese cromo me quedé impactado sobre el efecto que podría tener la investigación para la sociedad. La cual puede aportar conocimientos para mejorar la calidad de vida de tus contemporáneos, pero además este efecto puede trascender y extenderse en las sucesivas generaciones, como así fue el descubrimiento de la penicilina que hoy en día sigue salvando miles de vidas. Fue mucho más adelante ya en la etapa Universitaria cuando quise especializarme en la investigación oncológica, y para ello realicé mi tesis en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de Madrid, y posteriormente realicé cinco años postdoctoral en la Universidad de Yale, en Estados Unidos.
 
Dificultades en la investigación: recursos y tiempo  
Investigar en España no es fácil. Yo dirijo un grupo de investigación joven en el Centro de Investigación Genómica y Oncológica (GenyO), labor que compagino con la docencia como profesor de Universidad en grado y postgrado y el día a día es frenético. Este problema también lo tienen los oncólogos clínicos, cuya carga asistencial es a veces tan pesada que les cuesta encontrar tiempo para investigar. También tenemos graves problemas para financiar nuestra investigación o para ejecutar la burocracia que esta conlleva, y que nos roba mucho tiempo.
Intento que estas contingencias no empañen los buenos momentos que experimentamos cuando obtenemos buenos resultados en el laboratorio, que a veces tardan en llegar, pero cuando lo hacen dan por bueno todo el esfuerzo empleado en conseguirlos. Un ejemplo de estos buenos momentos son los reconocimientos. Recientemente he recibido el Young Investigator Award de la International Association for the Study of Lung Cancer, un reconocimiento que me ayuda a sentir que lo que hacemos merece la pena, y que hay sociedades internacionales que valoran nuestro esfuerzo. A veces estos estímulos son necesarios porque la vida del investigador está llena de pequeñas decepciones, porque no salen los protocolos experimentales, o bien porque cuando salen no acompañan a la hipótesis de partida. Un estímulo como este de vez en cuando, nos ayuda a recargar nuestra maltrecha moral.
 

Es verdad que la gente puede pensar que detrás de un investigador galardonado hay una vida de éxito continuo, pero la realidad es mucho más dura. Yo estudio la biología molecular del cáncer que es extremadamente compleja. Para realizar un avance experimental en un proyecto concreto, realizamos decenas de experimentos fallidos.  Para conseguir que nos financien un proyecto recibimos varias negativas decepcionantes. Para conseguir publicar un trabajo en una buena revista necesitamos enviarlo varias veces porque nos lo rechazan otras tantas. Así, que la receta del éxito, no creo que exista.  Creo que existen muchos caminos para llegar al éxito, pero he visto que la gente que llega a este, trabaja duro, y tiene perseverancia, valentía y determinación a la hora de afrontar retos difíciles.
 
La responsabilidad social del investigador
Encabezar líneas de investigación sobre enfermedades tan importantes como el cáncer de pulmón, el segundo cáncer más común en hombres y mujeres, conlleva una gran responsabilidad social. Gran parte de la financiación de mi laboratorio proviene de fondos públicos, de nuestros impuestos. Soy muy consciente de esta responsabilidad, intento dar lo mejor de mí e intento aprovechar al máximo los recursos que tenemos para ejecutar nuestra investigación. Como jefe de grupo intento sacar lo mejor de los miembros del equipo, una labor que a veces es ardua. También intento velar con que cada uno tenga éxito en el proyecto concreto que está realizando en el laboratorio, porque muchas veces además son estudiantes que están realizando una tesis doctoral. Es muy importante predicar con el ejemplo, soy la persona que dedica más tiempo en el laboratorio y tengo que trabajar muchos fines de semana.
 


Luchar contra el “emperador de todos los males”
Muchas veces los resultados de nuestras líneas de experimentación son poco tangibles si se observan desde un punto de vista individual, porque la investigación biomédica es compleja y cuesta obtener resultados que puedan trasladarse de forma efectiva a los pacientes.
La ciencia actual está globalizada y científicos del todo el mundo comparten sus ideas, protocolos y reactivos. Por lo que a mí me gusta pensar que nuestras líneas de investigación se entrelazan con la de otros investigadores, y ponen su granito de arena para hacer posible una mejora en la calidad de los pacientes.   Mi principal motivación es pensar que lucho contra el “emperador de todos los males”, como bien describe Mukherjee en su obra biográfica sobre el cáncer que ganó hace unos años el Premio Pulitzer. El cáncer es probablemente una de los mayores retos a lo que la ciencia actual se enfrenta y el cáncer de pulmón el que provoca más mortalidad de entre ellos. Realmente veo difícil que algo pueda motivar más que el estudio de esta enfermedad, por ello me encanta mi trabajo. Cualquier aporte al entendimiento del cáncer que contribuya a paliar sus efectos creo que sería un objetivo por el que vale la pena vivir.


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